LOCUS BOCETOS FINAL 2

Topología de los lazos II

Editorial

La salida del primer número de esta publicación trajo muchas veces la pregunta: ¿qué es Locus?

Locus es lugar, sitio, plaza, asiento, banca, zona, matriz, ocasión, momento, punto, tema,
cuestión… Indica una ubicación. Esa ubicación es la contingencia de una interpretación, vez a vez, a su tiempo, sabiendo captar -como nos invita Jacques-Alain Miller en Punto de capitón- el momento de la historia en el que estamos, espíritu de la Movida Zadig.

El número 2 sigue la vía abierta de una Topología de los lazos que se va dibujando poco a poco. Seguimos la pista de la política del síntoma que la Orientación Lacaniana enseña, política que el nudo de Zadig en Córdoba ha hecho resonar en su nombre: La patria del sinthoma.

Tomamos de Judith Miller una cita orientadora: “Seguramente los cambios del mundo, y con ellos los de la clínica, exigen interrogar el lugar que tiene allí el psicoanálisis y la función que le toca a un analista, sabiendo que desde el nacimiento del psicoanálisis este lugar debe defenderse y esta función delicada sostenerse”1.

En esta oportunidad contamos con tres autores: María Julia Simian; Ana Simonetti y Oscar Atienza quienes se dispusieron, en más de una ocasión, a la conversación con el comité editorial que buscó captar la letra en juego de cada uno de ellos. Se produjo así la escritura que interroga los lazos hoy en el entrecruzamiento con el discurso jurídico, las políticas de salud y la psiquiatría.

En tiempos de Un-dividualismo2 donde la palabra se encuentra degradada, vedada y despreciada, es 
indispensable hacer resonar el valor que el discurso analítico imprime sobre ella, así como también sus consecuencias en la vida de las personas. El psicoanálisis es una práctica que aborda el sufrimiento humano advertido del imposible en juego, esto lo vuelve fundamental para el pensamiento contemporáneo.

Humus humano esta vez tiene la sonoridad de “Las palabras” que generosamente nos cedió Jorge
Drexler. Como dice Jacques Lacan: “Abran también sus oídos a las canciones populares, a los maravillosos diálogos de la calle…”. 3

Los invito a leerla atreviéndose al enigma, a las preguntas y a continuar la conversación, que esperamos, sea permanente.

1 Miller, Judith. Delicadeza. Los psicoanalistas y su incidencia política. Revista Mediodicho N°34. Córdoba, Argentina. Año 2008. Pag 48.
2 Miller, Jacques-Alain. Contratapa. Seminario 19. Editorial Paidós. Buenos Aires, Argentina. Año 2014.
Lacan, Jacques. Discurso de Roma. Otros escritos. Ed. Paidós. Buenos Aires, año 2012. Pág. 160.

La privatización de la dignidad.

El derecho es una herramienta de control pero también de pacificación social, en cuanto busca definir, prevenir y resolver conflictos entre las personas. A la vez, es una “llave” que abre puertas. A través del reconocimiento -por parte de los Estados- de los derechos de las personas, no solo se definen y reconoce su existencia, sino que también garantizan su efectivo ejercicio o goce.

Existen también, ciertos derechos que toda persona ostenta desde incluso antes de su nacimiento, por el solo hecho de ser persona. Los derechos humanos protegen la dignidad del ser humano sin distinción alguna. Son inherentes por el solo hecho de existir, garantizando libertades fundamentales, como la vida, la igualdad, la educación y la salud, y obligando a los Estados a respetarlos. En el contexto político actual de Argentina, resulta evidente que nos encontramos atravesando una reconfiguración de la agenda de derechos. Como en un péndulo, hemos pasado de un “ismo” a otro “ismo”. 

Este modelo prioriza la eficiencia económica, mediante el impulso de leyes y modificaciones legislativas, dejando en claro la postura respecto de la preservación y garantía de tales derechos humanos. Así, observo una tensión entre el modelo fiscal/económico y el piso irrenunciable de derechos que la sociedad y los organismos internacionales exigen mantener, poniendo en duda si existe la capacidad de garantizar la dignidad humana misma.

Empieza a desdibujarse la figura del Estado garante de derechos humanos, para pasar a una “privatización de la dignidad”.  ¿Cómo? Cuando hablamos de este proceso, del vaciamiento de los derechos humanos, aparece también algo mucho más profundo: la pérdida de significado de las palabras que los sostienen. Conceptos como “dignidad“ o “justicia“; empiezan a usarse como cáscaras vacías.

Resulta patente esta tensión en dos espacios puntuales: el nuevo sistema penal juvenil y el sistema de salud mental. El sistema impulsado por el nuevo gobierno, y que ya es ley, resolvió bajar la edad de imputabilidad. Es decir, que los jóvenes en conflicto con la ley penal a partir de este año, desde los 14 años pueden ser declarados penalmente responsables de delitos graves (homicidio, violación, robo con violencia), como un adulto que delinque. Esto significa priorizar políticas de seguridad frente a la protección y acompañamiento de la niñez.
Esta decisión vulnera un principio de derechos humanos, que es el de no regresividad, que impide que un estado retroceda en el nivel de derechos ya alcanzado. Además, vulnera compromisos asumidos por el estado argentino porque prioriza el sistema de encierro. Por otro lado, si tenemos en cuenta el entrecruzamiento del sistema penal juvenil y el acceso a salud mental, es, a mi entender, el punto más crítico de la niñez vulnerada. Allí se observa la falta de acceso a un tratamiento de consumo problemático, y la falta de diagnóstico oportuno.

En este escenario, la palabra individual y colectiva deja de ser un simple medio de comunicación para convertirse en un acto de resistencia. La palabra sirve para encontrar al par, la palabra rompe con la indiferencia social, la palabra empodera, la palabra da existencia. Cuando una persona dice “esto no está bien“, permite que otros pierdan el miedo. Y ese eco es lo que transforma la queja individual en un reclamo de derechos humanos.

Y asi, la palabra se vuelve nuestra última línea de defensa cuando es coherente con la acción, cuando se niega a repetir eslóganes vacíos.
Cuando el sistema falla en proteger la dignidad, la palabra de la persona es el recordatorio de que el espíritu humano no es una “concesión“ estatal, sino una realidad preexistente.

Hablar, en estos tiempos, no es solo opinar; es reclamar el espacio que nos corresponde como sujetos de derecho.

Los tiempos que corren.

La utilidad del psicoanálisis: clínicas, variaciones, deslizamientos.

En otros tiempos, la clínica psiquiátrica clásica aportó clasificaciones sólidas y una fina semiología a partir de la observación del padecimiento subjetivo. Hoy, no es novedad decir que Freud arrancó a la medicina el síntoma, transformando su dimensión universal en particular. Más precisamente podemos decir que los fracasos de la medicina fueron arrancados de la ciencia de la época para recibir la dignidad de la escucha que el psicoanálisis ofreció y ofrece a cada sujeto.

 

El aporte trascendente de Freud con el descubrimiento del inconsciente introdujo una transformación de aquella clínica, así como el psicoanálisis en la práctica, con la asociación libre y la interpretación como herramientas de la cura. Lacan, iluminado por las ciencias de su época, formalizó con ellas el descubrimiento freudiano. Dio rango fundamental a la escucha de la palabra y el lenguaje, trascendió la mera observación de entonces, con su primer escrito destacado “Función y campo de la palabra y el lenguaje” (1953) al que siguieron 30 años de enseñanza.

 

Casi contemporáneo a este escrito, en el campo de la psiquiatría surgen los psicofármacos como terapéutica, que con el tiempo terminaron de reducirla a una práctica cooptada por los laboratorios de medicamentos, es decir, por el mercado. El psicoanálisis desde Freud debió hacer frente a los embates del campo médico. Más recientemente, la neurología devenida neurociencia entre otras prácticas biológicas, con sus tests y pruebas hacen de los síntomas una estadística con tratamientos estándar y terminan de reducir aún más a la psiquiatría a una administradora de medicamentos.

 

Con Lacan y hasta nuestros días en la época del avance del mercado de la salud, debemos enfrentar la creencia de que el ser hablante se reconoce en el organismo. Eric Laurent en “El reverso de la biopolítica” lo plantea con claridad al situar que las modernas tecnologías, por la escopia de los cuerpos, privilegian el cerebro como el real irrebatible. La medicina -los médicos-, la psiquiatría -los psiquiatras-, pasaron a ser rehenes de ese campo siendo despojados de su autoridad con la palabra en los lazos que establecen con quienes demandan su saber.

 

En este deslizamiento que se fue generando en el campo de la llamada Salud Mental, se fueron produciendo clasificaciones de enfermedades donde los DSM y CEI representaron el consenso internacional. Sus diagnósticos no tienen en cuenta la historia de la enfermedad ni la estructura subjetiva en la que nos orientó Freud y Lacan en cuanto a la singularidad. De los “Síndromes” se pasó a los “Trastornos”, innumerables, surgiendo el descontento entre sus propios hacedores al reconocerse en los “trastornos”, los mismos que habían clasificado. Se puede encontrar cierto paralelismo de los innumerables trastornos con la singularidad del sinthome uno por uno, surgida con el afianzamiento de la clínica borromea de la última enseñanza de Lacan. Debemos precisar las diferencias que son radicales: J.-A. Miller tomó ese hilo haciendo surgir la clínica de “los inclasificables”.

 

El derrotero de las “ciencias” actuales aludidas, postulan lo universal de los trastornos psíquicos con asiento en el cerebro por lo que sus respuestas operan forcluyendo la dimensión simbólica del ser hablante, esa que Freud rescató. Podemos decir que el psicoanálisis va más allá de los marcos de la demanda cultural al ser una experiencia de saber sobre el goce singular, que a la vez tiene esenciales efectos terapéuticos.

 

Los tiempos que corren con la pulverización de los semblantes, con los nuevos paradigmas “morales” y lo real cada vez más al descubierto, dirigen, a lo que queda de la psiquiatría y a ciertas prácticas de la palabra a buscar aquel asentamiento científico para responder a las demandas actuales.

 

¿Y el psicoanálisis? ¿Y los psicoanalistas? Sabemos que la práctica de la palabra tiene un efecto sugestivo, que la palabra cura, pero también enferma, adormece. Es la base de las psicoterapias que explotan “comprender”. Claro que un psicoanalista también puede hacer uso de esa vertiente de la palabra, pero debe orientarse por la modalidad de goce y apuntar al deseo de cada sujeto. Para lo cual, la formación le posibilita no hacer uso del poder que le confiere la palabra que encamina a la identificación y al sentido, ya que lo que no se dice, el silencio pulsional, lo que “se hace” es el corazón del síntoma. Para ello, cada psicoanalista debe atravesar esa experiencia.

 

Por otro lado, los psicoanalistas, para sostener la ventaja radical del discurso del psicoanalista sobre los discursos de amos dominantes, en las instituciones, en la sociedad, en el campo de la cultura, en los ámbitos de enseñanza y en las propias instituciones (Escuelas, Institutos), debemos expedirnos y accionar a la altura de estos tiempos, revelando las diferencias con otras prácticas que solo aseguran mantener a los sujetos que demandan, sin acceso a su propio desear y querer. No es menor el trabajo que nos espera en los tiempos que corren para también advertir los abusos de los poderes políticos que devalúan el padecimiento subjetivo, que alientan los discursos de odio y combaten las diferencias. Claro que estar advertidos sólo sería un paso previo a la invención de instrumentos activos, quizá nuevos, quizá con otros…

 

El síntoma como expresión de un trayecto de vida.

El concepto de salud no se reduce a la ausencia de enfermedad, es más complejo y es necesario que se ancle en políticas sanitarias. La salud pública es política porque es una herramienta para ordenar la sociedad, un medio para reducir desigualdades y una forma de priorizar lo humano sobre lo
económico.
La comunicación como estrategia es el eje central para hacerle frente a la crisis de salud. En primer lugar, como sociedad debemos entender que no estamos ante la máxima: Sálvese quien pueda, no estamos dentro de una manada de leones, donde quien se hace cargo invisibiliza a los viejos y desprotege a los cachorros. Es necesario generar acciones de prevención, promoción y protección de la salud, con la participación de la sociedad en la creación de ejes de intervención que, aunque no garantice un acceso igualitario para todos, implicaría mejores condiciones de inserción social en los asuntos de salud.

El sistema sanitario fue diseñado para reconocer el síntoma e intervenir con rapidez, pero no tanto para resolverlo. Se preparan equipos de salud para intervenciones centradas en la medicación del síntoma, donde quizás se encuentre una solución en el proceso agudo, momentáneo. Tratamos el síntoma pero no qué lo genera. Es decir, no estamos preparados para mirar al sujeto inserto en la sociedad. Todo sujeto tiene derecho a gozar, a tener bienestar, físico, mental y social, si bien nunca hay un estado ideal de salud, sí un grado posible. En ese sentido, salud sería poder desarrollar su proyecto de vida en sociedad, con armonía, de no ser así, esos síntomas marcarán su tránsito por la vida.

El abordaje del síntoma es clave. Posicionarse desde una mirada focal de los problemas deriva en 
situaciones crónicas y medicalización excesiva. Considerar al síntoma en su multicausalidad, permite responder a los diferentes factores que intervienen en su emergencia: condiciones sociales, psicológicas y el mismo contexto de la vida. En ese sentido, es importante empezar a discutir y debatir el concepto de salud. La formación médica está entrenada en atender a un cuerpo biológico, siguiendo el paradigma médico hegemónico. El médico no está preparado para el diálogo, sino para la detección de signos y síntomas. Su intervención consiste en un interrogatorio que va guiando a un diagnóstico presuntivo hasta llegar a uno final. El diálogo suele ser escaso. Muchas veces ni siquiera se levanta la mirada para establecer un lazo, actúa defensivamente recetando una medicación y el enfermo espera que le dé eso, ninguno se atreve a relacionarse.

Considero que la salud mental no es un área más dentro del concepto de salud, es una dimensión transversal de todo el sistema sanitario que está poco integrado y poco mirado, se lo toma casi como una dimensión externa al mismo, hay apenas algunos intentos de abrir una sala o consultorio dentro de los hospitales sin una verdadera integración. Se avanzó demasiado en modelos biologicistas y se perdió de vista al ser humano en sociedad, relegando las dimensiones subjetivas, vinculares y sociales implicadas en el padecimiento humano.
Es necesario un cambio de paradigma. Hay que discutir y estamos en pleno debate: ¿por qué nos enfermamos?

Jorge Drexler

Jorge Drexler (Montevideo, 1964) es médico de formación. En 1995 se trasladó a España para dedicarse completamente a la música. Cantautor y compositor, su obra, reconocida internacionalmente, lo ha consolidado como una de las voces más influyentes de la música iberoamericana contemporánea.

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